¡CRAC! Se expandió el eco por toda la vacía y oscura casona. ¡CRAC! Se oyó nuevamente, pero esta vez la puerta cedió. Profundos rayos de luz penetraron el salón principal , descubriendo una gruesa cortina de polvo que los limitaba. Dos personas se adentraron en el interior. —Pff, cuanto polvo— exclamó uno de los dos. Era un hombre corpulento que sacudía frenéticamente sus manos intentando disipar las partículas. — Si, hay bastante— respondió la mujer que lo acompañaba, delgada y más pequeña que él. Ésta no se molestaba en abanicar y presentaba en su rostro una son risa imperturbable. El hombre tanteó la oscuridad hasta llegar a la pared. Deslizó sus dedos cautelosamente por el húmedo muro palpando elementos nada agradables: una tela muy rugosa, un tapiz hecho jirones, la mano de otra persona. Dio inmedatamente un salto hacia atrás y cuando se disponía a avisar a su esposa, ésta que no lo miraba clamó. —¡La encontré!— Luego de un inaudible clic, un candelabro ...
Cierras la puerta con llave y caminas por la acera. Te encuentras un cuaderno en el suelo, nada especial, su portada en negro y con un aspecto muy amarillento e incompleto te llaman la atención. Lo lees.