¡CRAC! Se expandió el eco por toda la vacía y oscura casona.
¡CRAC! Se oyó nuevamente, pero esta vez la puerta cedió.
Profundos rayos de luz penetraron el salón principal, descubriendo una gruesa cortina de polvo que los limitaba. Dos personas se adentraron en el interior.
—Pff, cuanto polvo— exclamó uno de los dos. Era un hombre corpulento que sacudía frenéticamente sus manos intentando disipar las partículas.
— Si, hay bastante— respondió la mujer que lo acompañaba, delgada y más pequeña que él. Ésta no se molestaba en abanicar y presentaba en su rostro una sonrisa imperturbable.
El hombre tanteó la oscuridad hasta llegar a la pared. Deslizó sus dedos cautelosamente por el húmedo muro palpando elementos nada agradables: una tela muy rugosa, un tapiz hecho jirones, la mano de otra persona.
Dio inmedatamente un salto hacia atrás y cuando se disponía a avisar a su esposa, ésta que no lo miraba clamó.
—¡La encontré!— Luego de un inaudible clic, un candelabro de araña parpadeó sobre sus cabezas —No parece funcionar muy bien, pero lo repararemos—.Continuó entusiasmada —¿Te pasa algo, mi amor?
Luego de acostumbrarse a la luz parpadeante el hombre dirigió una rápida mirada hacia el objeto que había tanteado. No era mas que un perchero de madera arrugada que poseía varias manos talladas a lo largo de el, donde debían colgarse las cosas.
— No, nada— respondió sintiéndose tonto — Fue este…— pero fue interrumpido por un cariñoso abrazo.
— Estoy muy feliz de esto, Pedro— exclamo detrás de su oreja.
— Si…bueno. Necesita muchas reparaciones.— respondió tratando de bajarle los ánimos a su compañera.
— La repararemos, juntos. Lo vas a ver, y todo va a quedar perfecto. Antes de lo que te imaginas.
— Si.— Se dejó convencer por su entusiasta esposa, Juliana.
— ¿Y eso?— dejó de apoyarse sobre el hombro de su esposo y señaló la tela rugosa que había tanteado anteriormente.
Pedro se acercó y se puso sus lentes, la luz parpadeante junto a su miopía impedían que distinguiera bien la silueta. Era un cuadro de casi un metro por treinta centímetros. Se veía muy antiguo ya que comenzaba a ser carcomido por la humedad y el marco estaba salido en los vértices inferiores. En éste se lograba observar la entrada hacia un bosque otoñal que se extendía hasta oscurecerse en un infinito perturbador.
— Es muy bello— exclamó Juliana. — ¿Lo hizo tu tío?
— No sabría decírtelo. Te he dicho que no lo conocí jamás, dado que solo había escuchado, cuando era muy pequeño, a mi padre decir que estaba en Francia y que era un bueno para nada.Apenas recordaba que existía cuándo me llegó el testamento— Continuó descolocando y poniéndolo al revés, lo que descubrió una gran firma escrita en cursiva Merle Steven — Debe ser un nombre artístico que adquirió en Francia.
— Pues a mi no me parece un bueno para nada— colocó nuevamente el cuadro en su lugar y lo admiró—.Observa como los trazos se van perdiendo a medida que te adentras en el bosque aparentemente calmado. Los colores, la luz y las formas se difuminan mientras los observas. Es como si caminaras hacia un abismo.
Pedro se apartó e hizo una mueca, su intelecto artístico siempre había sido algo relegado en su vida hasta el punto de casi no existir, en gran medida por culpa de su padre, pero no completamente pues a él tampoco le interesaba en lo mas mínimo y todo lo que le dijeran sobre las “obras de arte” le parecía una total tontería.
La luz comenzaba a parpadear menos y el hall principal se aclaraba ante los ojos de sus visitante temporales.
—¡Mira ahí hay otro!— exclamo Juliana.
— Si, si— dijo Pedro y continuó explorando mientras su esposa corría hacia la otra pintura.
Esta segunda pintura era mucho mas grande, abarcaba casi la totalidad de la pared. En ella se podía ver una gran montaña cubierta de una nieve casi líquida que bajaba a borbollonees por la ladera de la misma y estallaba frente al que visualizaba la obra. Juliana se acerco y lo miró con mas atención, casi se podía sentir como la nieve estallaba frente a ella.
— ¡Es hermoso!— exclamo Juliana y palpó el lienzo pintado.
— Si si…— continuó su esposo que avanzaba a pasitos, con sus brazos extendidos, buscando algún interruptor que afianzara la intermitente luz. Juliana se quedo entonces sola en el salón principal ojeando más y más cuadros desperdigados: un amplio desierto con bastas dunas de vivos colores, una enorme serpiente que se enroscaba en un árbol amazónico, una luna creciente que iluminaba fosas vacías en un cementerio. Hasta que encontró uno peculiar no muy grande recostado sobre la pared. Lo dio vuelta poniéndolo frente a ella y la luz del candelabro dejó de titilar permaneciendo estable. Dos personas la observaban del otro lado, una mujer y un hombre que le sonrió.
— ¡Ah!— gritó y soltó el cuadro de inmediato que cayó boca abajo.
— Lo encontré— volvió Pedro que miró de forma confundida a su esposa— ¿Ya funciona esa cosa?
— ¡El cuadro…— Juliana se alejó.
— ¿Qué?— Pedro se acerco hacia la pintura y la levantó colocaándola fija en un clavo de la pared.
— Juraría que lo vi…moviéndose— dudó de sus palabras y se acerco a contemplarlo. Era una pareja bastante envejecida pero sin llegar a ser ancianos. Los miraban detenidamente, el hombre tenía una mirada seria y algo preocupada y la mujer presentaba un aspecto tranquilo pero sin sonreír; detrás de ellos una casona bien cuidada con un jardín.
— Los habrás imaginado por la luz que no dejaba de temblar.
— Si,seguramente.
El celular de Pedro sonó de inmediato y éste lo retiró de su bolsillo y leyó un mensaje.
— ¿Te molesta si te quedas un rato sola? Volveré como en una hora.
— Mmm… no. Esta bien. ¿Qué sucedió?
— Nada importante, lo arreglaré y volveré para ayudarte con este lío. No demoraré mucho.
— Esta bien— contestó su esposa y lo beso.
— Gracias por comprender, amor— la abrazó y se fue cerrando la antigua puerta de madera.
La mujer dio un vistazo alrededor. Tenía mucho que hacer, habia decenas de cuadros acumulados uno arriba del otro y quien sabe que encontraría en el piso superior que todavía no había investigado. Decidió entonces subir por las escaleras activando un interruptor de luz que hizo parpadear la luz del segundo piso, fue entonces cuando oyó el chirrido de una puerta que se abría lentamente. La puerta frontal permanecía aún cerrada y el sonido parecía provenir desde el cuarto más cercano del segundo.
— ¿Ho…hola?
Subió las escalares y paso a paso notaba como éstas se quejaban del peso que tenían que soportar. Al llegar a la planta alta, la puerta que había escuchado abrirse con anterioridad se golpeó en un estallido que retumbó en toda la casa e hizo tambalear a Juliana. Miró por la puerta de la primera habitación y descubrió el causante del alboroto. Una ventana abierta dejaba entrar una ventisca que azotaba la puerta de un destartalado armario.
Se acerco y notó que no había forma alguna de cerrarla ya que mas que una ventana era un hueco en la pared por la que pasaba un aire húmedo y caliente.
Miró el armario de pies a cabeza. Estaba muy desgastado y era de un tamaño descomunal, sin duda podían entrar más de cuatro adultos al mismo tiempo. La puerta se había cerrado así que giro el picaporte para ver en su interior.
Dentro no había más que una inmensa oscuridad que no parecía tener fin, elevó un pie y se introdujo en lo desconocido.
Era curioso pero dentro del mismo el aire era muy frío y sofocante. Un paso.Dos.Tres. La oscuridad fue plena cuando la puerta se cerro de un golpe Invadida por un miedo abrumador Juliana retrocedió y empujó la puerta para salir, ésta no cedía.
Un golpe. Dos. Tres. La puerta cedió.
Un golpe. Dos. Tres. La puerta cedió.
Juliana salió de inmediato y cerró la puerta de un golpe, quedando cegada por la luz inminente. Notó que algo no andaba bien cuando sus pies se inundaron en agua cristalizada. El frío era todavía mayor y generaba cortes en las mejillas de la mujer, los pies perdían la sensibilidad por el aguanieve que los atravesaba. Frente a ella una gran colina bañada en nieve reflejaba la luz solar en su rostro. Sin poder reaccionar por el miedo y el frió notó como ahora la nieve llegaba hasta sus rodillas.
***
— Amor. Ya llegué. ¿Dónde estas?— las luces de la casa volvían a tintinear y Pedro notó que su esposa ya no se encontraba en la casa. Lo que no pude ver fue a una joven que lo miraba aterrada desde un lienzo pintado.
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